La tensión en el Estrecho de Ormuz escala, con Estados Unidos e Israel manteniendo un bloqueo naval sobre Irán, amenazando una crisis energética y alimentaria global. Trump intensifica su retórica, mientras el costo económico y humanitario se dispara, afectando desde los precios del petróleo hasta los suministros sanitarios y la estabilidad regional.
En estos tiempos de hiperconectividad y, paradójicamente, de profunda desconexión, el mundo asiste, una vez más, al teatro de lo absurdo. El escenario, un estrecho de agua cuya geografía se ha convertido en el nudo gordiano de la política global: Ormuz. Allí, donde cada buque mercante es un nervio expuesto del comercio mundial, Estados Unidos e Israel, con su sempiterna danza de poder, mantienen a Irán en un jaque que amenaza con desatar no solo una crisis energética, sino una hambruna de proporciones bíblicas. Como diría Umberto Eco, ‘la civilización no se derrumba en un día, pero sus síntomas son siempre visibles en los detalles más triviales’, y aquí, los detalles son todo menos triviales.
El Secretario General de la ONU, en un gesto que huele a Sísifo empujando su roca, ha implorado la reapertura del estrecho, pidiendo que










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